Durante años escuché consejos para liberarme de esa “maldición” del qué dirán. Me lo repetí tantas veces que casi lo convertí en mantra. Sin embargo, hoy lo veo distinto.
Si a más personas les importara el “qué dirán”, tal vez: • No escucharíamos música a todo volumen con parlantes estruendosos en espacios públicos. • No leeríamos comentarios hirientes de los famosos haters. • Tendríamos autoridades o políticos más conscientes de sus palabras y acciones.
En definitiva, quizá viviríamos en una sociedad un poquito más empática.
Me he dado cuenta de que siempre me importó el “qué dirán”, pero no realmente desde la inseguridad, sino desde la escucha activa y la empatía. Me importa porque valoro la convivencia, porque entender otras posturas me ayuda a crecer y porque pienso que el respeto sigue siendo la base de toda comunidad.
No los invito a vivir condicionado por la opinión de los demás, pero si a rescatar el verdadero sentido común. El problema no es el “qué dirán”, el problema es dejar que nos paralice. Mejor usémoslo como brújula, no como cadena: Que te importe lo suficiente para ser respetuoso, pero no tanto como para detener tu progreso. Porque quizá, si todos encontráramos ese equilibrio, podríamos construir un “qué dirán” que realmente valga la pena.
¿Y tú? ¿Crees que el “qué dirán” puede ser una herramienta positiva o solo un obstáculo?
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